ZURICH, Suiza, 13 de junio del 2026.- Aquella noche, a la salida del estadio Luigi Ferraris de Génova, Tomas Brolin se preguntó cómo era posible que el sueño se hubiera convertido en pesadilla. La selección dirigida por Olle Nordin acababa de perder ante Costa Rica por 2-1, el mismo marcador adverso que en sus dos partidos previos ante Brasil y Escocia. Era 20 de junio de 1990 y, por primera vez en su historia, Suecia quedaba eliminada de un Mundial tras cosechar tres derrotas.
Cuatro años más tarde, en Estados Unidos, Brolin volvió a ser convocado, y Suecia se encontró con una oportunidad única para sacarse la espina de la debacle italiana. Esta vez era Tommy Svensson quien se sentaba en el banquillo, y el primer acierto del exinternacional consistió en reforzar su línea de ataque con Martin Dahlin (ausente en la cita de 1990, pero decisivo en la fase preliminar) y, sobre todo, Kennet Andersson, que resurgía tras unos años difíciles.

Cuando el delantero recuerda las vicisitudes de aquella edición y el punto de inflexión que propulsó a los suecos hasta el inesperado podio, no menciona la victoria contra Rusia (3-1), el empate a 1-1 con Brasil o las tablas (2-2) con Rumanía en cuartos resueltas en tanda de penaltis (5-4). Curiosamente, el ariete se queda con el empate conseguido en el primer encuentro, contra Camerún.
"La mitad de los jugadores venían de jugar en el Mundial de 1990, donde habían perdido los tres partidos de grupos por 2-1, y se encontraban con un 2-1 en ante Camerún—recuerda Andersson en entrevista exclusiva con la FIFA—. Creo que el 2-2 del empate que marcó Martin Dahlin lo cambió todo, porque nos situaba en un punto de partida mejor que cuatro años antes", según lo publicado por la FIFA en su página web.
Tras dejar atrás la maldición del 2-1, Suecia tomó aire. Andersson convenció a Svensson con su entrada desde el banquillo contra Camerún y, sobre todo, con su motivación en los entrenamientos. El técnico encontró la manera de asociar a Andersson, Dahlin y Brolin para formar un tridente atacante que acabó haciendo historia, aún a riesgo de introducir desequilibrios tácticos en su 4-2-2-2.
"Cambió la forma en la que jugábamos —recuerda Andersson—. Situar a Brolin en un extremo era una decisión arriesgada, pero Svensson era un adelantado en una época en la que la mayoría de los entrenadores empleaba un sistema fijo. Lo que hizo fue jugar con un esquema adaptado a los jugadores con los que contaba. Fue valiente y, a la vez, muy inteligente".
Reticente a retrasar la posición que ocupaba en ataque junto a Martin Dahlin, Brolin enseguida recibió el respaldo no ya de su entrenador, sino de Roland Nilsson, infatigable lateral derecho que también estuvo presente en el Mundial de 1990. "Brolin no quería jugar de extremo clásico, pero Nilsson le dijo que no tendría que preocuparse del trabajo defensivo, y eso le permitió reivindicarse como mediapunta con libertad de movimientos, aunque ligeramente escorado a banda. Tommy Svensson acertó de pleno".

Tan genial fue el cambio, que el tridente resultó letal. "Dahlin terminó el torneo con cuatro goles, Brolin con tres y yo con cinco. Además, Brolin fue incluido en el once ideal del torneo, de manera que está claro que cambiarlo de posición funcionó".
Para muchos analistas, la química futbolística total que mostraron Andersson y Dahlin era una auténtica bendición, aunque, desde luego, no cayó del cielo. "Siempre me preguntan cómo podíamos entendernos tan bien si solo coincidíamos en la selección —apunta Andersson—. La respuesta es sencilla: lo conozco desde los 15 años. Jugamos juntos en equipos juveniles, en categorías inferiores en incluso coincidimos en el servicio militar. Nos conocíamos perfectamente".
De los cuatro goles que Martin Dahlin marcó en aquel Mundial, dos fueron remates de centros medidos de Kennet Andersson. El 19 de Suecia, por aquel entonces cedido al Lille, demostró que era mucho más que un delantero oportunista, imagen a la que contribuía su 1.93 m de estatura. "En mis inicios no iba bien de cabeza, pero practicar atletismo me ayudó a ser rápido. Llegué incluso a jugar por la banda, casi de extremo —recuerda el exjugador del Bolonia—. No me convertí en delantero centro hasta más tarde".
Una vez superados sus fantasmas del pasado, la selección sueca también brilló por la frescura y espontaneidad de su juego. Kennet Andersson mantuvo un enorme equilibrio mental: "Nunca di excesivas vueltas a los problemas. Siempre lo evité, y esa mentalidad me ayudó durante toda la carrera".
Quizás no mucha gente sepa que, antes de la fase de eliminación directa, Kennet Andersson se quitó un peso que llevaba encima desde hacía varias temporadas al negociar su salida del KV Malinas, club al que pertenecía y con el que no había conseguido triunfar. El SM Caen, que ansiaba contar con sus servicios, había enviado una delegación secreta a Detroit, donde estaba concentrada la selección de Suecia.

"Durante muchos años nadie lo supo, pero, efectivamente, firmé con el Caen durante el Mundial —admite divertido el exatacante—. En una habitación del hotel de concentración me vi con un directivo y el doctor del equipo francés, que me hizo pasar el reconocimiento médico más rápido de mi vida. Me examinó los reflejos, la garganta, no sé si me tomó el pulso o la tensión, y listo".
Como el propio Andersson confiesa, esta negociación secreta influyó en su rendimiento durante los siguientes partidos. Contra Rumanía, en la tanda de penaltis que finalmente dio la clasificación para semifinales a Suecia, Andersson asumió el riesgo de ejecutar un lanzamiento, cuando los rumanos iban ganando por 1-0 y tras haber fallado Håkan Mild el disparo anterior. Pese a la responsabilidad que recaía sobre él, el sueco mantuvo la sangre fría y no falló.
"Mi propia ingenuidad me ayudó. Estaba completamente seguro de que iba a marcar, y solo pensaba en tirar para quitarme aquello de encima. Ni siquiera sentí presión".
Después de aquella victoria histórica contra Rumanía, solo Brasil, a la postre campeona, pudo hacer añicos el sueño de la desacomplejada selección de Suecia. Tras el empate a 1-1 entre sudamericanos y nórdicos de fase de grupos, los hombres de Carlos Alberto Parreira dominaron claramente este segundo choque, aunque solo se impusieron por 1-0. La salida de Martin Dahlin por lesión el minuto 68 supuso un duro golpe para los suecos. Minutos después, Romário marcó el tanto definitivo.
"Con la perspectiva que da el tiempo, admito que ellos fueron muy superiores y nos podrían haber marcado cuatro o cinco goles —reconoce Andersson—. Tuvimos un día menos de descanso y no estábamos todos al cien por cien. En general, no estuvimos tan finos como en la fase de grupos".

Dispuestos a subir al podio pese al cansancio acumulado, los suecos recuperaron su mejor versión en el partido por el tercer puesto. En él, dieron su último zarpazo para endosarle un 4-0 a Bulgaria, otra de las revelaciones de aquella edición. Andersson, que también marcó en aquel encuentro, conquistó la Bota de Bronce de adidas concedida al tercer máximo goleador de la competición.
"Acabar bien aquel Mundial era esencial para nosotros —concluye Andersson—. Una vez en semifinales, habríamos podido despedirnos perfectamente con dos derrotas y terminar cuartos. El cuarto puesto no habría estado mal, pero no queríamos conformarnos".
Cuatro años después de la debacle en Italia, la Suecia de Tomas Brolin se quitó la espina, dio un salto vertiginoso e hizo historia en la competición.
En eso de deportes, retodeportes360.com…suscríbase y después hablamos
Síganos también en nuestras redes sociales de Facebook, Instagram y X.



